En el salón del último piso de un exclusivo club del barrio de Monserrat, dos esgrimistas bajan sus máscaras, flexionan las piernas y apenas cruzan sus floretes. Los cerca la tormenta más magnífica que haya azotado alguna vez a Buenos Aires; los truenos los acorralan, con detonaciones en cadena. Uno de ellos está dispuesto a ir más allá de la mera poulé honneur y se apresta para el absurdo: morir o matar por una mujer, la Flor de la avenida Quintana, Lucía Larraqueta de Iruya Pú. Por años, el destino tramó un intrincado mecanismo para tenerlos allí aquella noche y regocijarse con ese combate fenomenal, que estará en los labios de Eliseo Niclaus por siempre, al querer infundir en sus discípulos la mística de la espada. Para lograrlo, se conjuraron todos los artificios: desde la célula anarquista Tomaso Cansini a la casa Windsor, de los duelos en el palacio de Versailles a las sangrías del Sportivo Caballito. Desde la Difunta Correa, espía criolla en el lujoso Hôtel de Crillon, a Leónidas Chazarreta, quizás el más emblemático de los terratenientes argentinos, su esposa advenediza (parvenue) y su risa lenta y sibilante, para muchos enferma. Las luces se apagan, se vuelven a encender. Uno de los contrincantes ha caído. Detrás de la máscara reglamentaria, sus ojos se abren y se cierran ya muy lentamente. Suspira, se entrega. Apenas sonríe. El último pensamiento que llega a su mente es, por rara coincidencia, el mismo que estuvo en labios del abuelo de su matador, treinta años atrás, aquella mañana bajo los eucaliptos de su estancia de Trenque Lauquen, cuando imaginó a la vida como “una anciana perturbada, que cuando el hombre llora, ella ríe, cuando él ríe, ella trama”.
FRAGMENTO. La noche en la que el florete de Adolfo Acosta atravesó el tórax de Juan Tolvián, frío desflorador de su prometida, se anunciaron para Buenos Aires tormentas eléctricas sin precipitaciones. Todo conspiró para que el octavo piso de la sede Cangallo del Club Gimnasia y Esgrima recordara a oscuros salones medievales. La hora de la noche, el resplandor de los relámpagos, la arenisca de las paredes y la alfombra roja; los rivales, vestidos con el equipo reglamentario y sus padrinos, de trajes negros y cuellos palomita.
De a ratos las lámparas de las arañas se encendían y daban forma a los contornos y a las personas. Pero eran certezas fugaces.
El duelo de espadas (sobre "El florete" de Santiago Stura)
- Novedades literarias - 17/05/2008